Felisa Pino,
Coordinadora de la Comisión
de Cultura, Información y
Difusión de la CNSE

LIBROS Y VIDEOS

Palabras. Las palabras inglesas, en las casas, en las calles, en los campos; a lo largo de tantos siglos... Las palabras pertenecen a las otras palabras... Para usar nuevas palabras habrá que crear un nuevo lenguaje. Se llegará a ello, pero no es cosa nuestra. Lo nuestro es unir viejas palabras en un orden nuevo para que subsistan y creen la belleza, para que digan la verdad....

Virginia Woolf


Cuando desde la Fundación CNSE me pidieron una reflexión en torno a mis vivencias sobre la lectura, inmediatamente pensé en el paisaje que más relaciono con las lecturas de mi infancia. En los largos veranos de niña solitaria y con problemas de comunicación, que entonces no sabía situar, además de perderme por los rincones de los huertos y de la montaña, leía y leía. Mis lecturas no eran, seguramente, las que se consideraban apropiadas para una niña. Mi biblioteca personal me parecía insuficiente pese a los libros que recibía continuamente, de manera que echaba mano de la más amplia biblioteca familiar, a la que mensualmente llegaba un lote de varios libros y algunas revistas de información general. Así pude conocer temas de actualidad e historias que después serían llevadas al cine –ese cine inaccesible, pues carecía de subtítulos- y así aprendí a amar las palabras, la magia de esas palabras tan difíciles de captar cuando provenían de una boca en vez de estar bien visibles en un papel.

Leer significaba soñar, pensar, vivir en un mundo ancho y extenso. Leer significaba comprender desde otra dimensión el entorno pequeñito, los montes y las huertas, la ciudad que se extiende al fondo, las gentes que han construido todo ello a lo largo de los siglos. Leyendo aprendía los nombres de los árboles, las flores y los pájaros; comprendía por qué se abren las flores, por qué a lo largo del año varían las especies de pájaros que juguetean entre los árboles, cual es el ciclo de las mariposas. Leyendo, también, pude comprender que existen otros mundos habitados por gentes con culturas distintas de la que yo conocía y aprendí a relativizar los valores de mi propia cultura, a valorar la riqueza de la diversidad y de la diferencia entre los pueblos y las personas.

Con la adolescencia me llegó la etapa de las preguntas sin respuesta, aquellas que indagan sobre el porqué del mundo y sobre el porqué y el para qué de la propia existencia. Mis lecturas dieron un salto hacia la filosofía y los asuntos sociales. El avance fue lento y difícil. Hoy sé que llegué a la Universidad con grandes lagunas y que me expresaba como un libro – no en vano habían sido casi mi única fuente de información-, sin dominar los registros que utilizaban mis compañeras y compañeros y con bastante ignorancia de la vida social más cercana.

Cuando, ya cumplidos los 20, decidí entrar a formar parte de una asociación de personas sordas, me sorprendió que la mayoría de ellas no conociera el placer de la lectura. Para mi había sido la puerta abierta al mundo. Para ellas era un esfuerzo con escasas compensaciones. Comprendí pronto los motivos, pero tardé un poquito más en comprender la terrible injusticia de un sistema educativo que no pone los medios necesarios para que quienes no han oído nunca puedan hacer suya la lengua oral en su forma escrita. Desde entonces, me subleva la ignorancia inexcusable de quienes opinan sobre la lengua de signos y sobre la enseñanza de las personas sordas sin querer ahondar en las causas reales de la actual situación de nuestro colectivo.

Pero los signos para pensar y comunicar no son sólo las palabras, son también los signos de las lenguas de signos. La última etapa de mi proceso personal fue conocer la lengua de signos y poder disfrutar, de modo semejante a cuando descubrí la lectura, de las manos que signan y de los signos que cuentan. Que cuentan historias, en una forma de literatura oral que las comunidades sordas han preservado a lo largo de generaciones. Que cuentan ideas, sentimientos, proyectos, filosofías solidarias que reivindican que esta comunidad secularmente menospreciada y marginada ocupe el lugar que por derecho le corresponde en una sociedad que en sus declaraciones de principios habla de igualdad, justicia y solidaridad.

En el ecuador de mi vida, si tengo que hacer balance, tomaría prestadas las palabras de Blas de Otero: Me queda la palabra. La palabra, que también es signo, que me ayudó a desarrollar mi madre, dedicando todos sus conocimientos como profesional de la enseñanza a sus hijas sordas. Y los signos, que también son palabras, que mis amigos y amigas sordas, abiertas y solidarias, me han ofrecido como el regalo más valioso. Palabras y signos, libros y vídeos: Dos lenguas, dos instrumentos imprescindibles para gozar, pensar y comunicar.

 

Felisa Pino
Proyecto de fomento de la lectura entre la Infancia Sorda para profesionales de la cultura y la educación.
Fundación CNSE. Ultima actualización 23 de diciembre de 2003